domingo, 13 de diciembre de 2009

De lo que sabemos a lo que creemos




Uriel López
Siempre he creído que México vivé día a día con un pensamiento medieval, y en general así es, sólo hay que transitar por algún mercado, el más próximo, para encontrar en las charlas de las mujeres de mediana edad, frases despectivas como: “esas cosas que les enseñan en la escuela”. Y no es que yo esté en contra de las tradiciones ni nada por el estilo, pero hay ideas antiquísimas que en lugar de alzarnos como una nación digna de trascendencia, nos dejan rezagados, en temas tan importantes como la educación, la convivencia armoniosa y la salud, tanto física, como mental. 
Acontecimientos como el que le ocurrió a Mirabel; gentil vecina de la colonia Santa Cecina, no deberían suceder.  Ella jamás imaginó que la persona más cercana, el hombre con el qué se suponía pasaría su vida entera, y en quien siempre podría confiar,  le cargara el cuerpo de plomo. Y entonces se apunta al culpable, obviamente todos los dedos lo señalan a él. Pero, ¿qué hay detrás del asesino? ¿Qué lo orilló a semejante barbaridad?, ¿acaso, en esa noche lluviosa, mientras dormitaba sobre la almohada, de pronto le surgió la brillante idea de acribillar a su esposa? ¡No, señores! Detrás de un corazón trastornado existe un trastornador.
Entonces, ¿a quién debemos señalar?: A su esposa, Que preparaba guisos horribles. A la educación mala y supersticiosa que recibió desdé niño y qué lo hizo creer fervientemente en la existencia de brujas y vampiros. A la iglesia, por haberlo enajenado con dogmas e ideales descabellados, o tal vez, a su innegable predisposición genética. Sin lugar a dudas todos estos factores influyeron en su conducta, pero más allá de echar culpas y maldecir, debemos detenernos y pensar.
No es qué seamos partidarios de “los buenos” o “los malos”, es más bien entender la compleja red, del contexto. Lejos de la simple acción y no por menos despiadada, de matar, está la lógica que el acusado formuló en su momento para hacerlo y en la que él siempre confió, a pesar de ser errónea, por el simple hecho de que poseía circuitos defectuosos. 
Por lo tanto, sí, es justo que le priven de su libertad, por que finalmente privó a un ser humano de la vida, pero también es justo que se le brinde ayuda psicológica, que se le cure o a lo pronto reciba tratamiento, pues lo que ése hombre tiene, es en realidad una enfermedad.
En cuanto a todas esas defectuosas e ingenuas creencias que circulan en nuestra memoria colectiva y crecen conforme les damos la bienvenida como lo que no son: verdades, seguro estoy de que aunque parezcan inofensivas, en una mente perturbada llegarán a ser fatídicas, causando incidentes como del que nos enteramos hace unos días. Por ello, mientras no contemos con un juicio mucho más perspicaz y valoratívo acerca de lo que escuchamos y lo que nos tragamos, seguiremos presenciando escenas absurdas como esta.  

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